Me reporto, luego de dos semanas de desaparición involuntaria.

Mi safari, resultó todo un éxito; acampar no es tan malo como me imaginaba, es más: es infinitamente entretenido, sobretodo si es con amigos. Cada noche era una fiesta fuera y dentro de las carpas, el frio no se sentía, no había tiempo, porque los sentidos estaban siendo bombardeados por todos lados, no cabía pensar en el hambre o el cansancio, ni las incomodidades inherentes a dormir en el suelo... en la noche, el mar nos arrullaba, y el suelo frío se convertía en la cama más mullida del mundo. El menú consistía en tallarines con salchichas casi todos los días, pero el hambre acumulada y un largo día de salir a croquear y proyectar, y la hiperventilación resultante de las emociones vividas durante el día, hacían que cada vez que nos sentábamos a la mesa, la comida no fuera la protagonista, si no que una acompañante para el plato de fondo, que eran las amenas conversaciones y risas a flor de piel de las comensales.

Ví pinguinos de humboldt, que se agrupaban en las piedras negras sobre el mar turquesa,acompañados de los lobos marinos y sus harems; los piqueros se secaban al sol un poco más allá, y una nutria jugueteaba entre los cochayuyos, mientras nosotros pasábamos, cual delegación de japoneses ávidos de fotografías, en medio de un grupo de delfines saltarines, a bordo del bote "El mutante". El viento era tan frío, que se me durmió la boca, en una eterna sonrisa de felicidad; comentario de una amiga al respecto: "pareces perrito nuevo!". Eso describe a la perfección mi estado en esos momentos felices.

El regreso, fue triste. Dejar atrás la playa, la convivencia grupal, las anécdotas, las risas, los pinguinos, la arena en los pantalones, los tallarines con salchicha. Volvimos a la realidad, de golpe seco, a trabajar. Una semana completa, de dia y noche sin parar, de hacer la sala de taller nuestro hogar y pasar por la casa solamente para ducharse y llevar comida a la facu, de pasar de largo para trabajar en equipo y ganar, para probarnos a nosotros mismos, para volver a enamorarnos de la arquitectura. Me tocó un equipo de trabajo maravilloso, afortunadamente con dos de mis profesores favoritos, entusiastas y creativos, competitivos pero respetusos (a diiferencia de otros, que jugaron sucio). Taller vertical, trabajo horizontal, tensiones dirigidas hasta más allá del horizonte para alcanzar el cenit, el podium de los ganadores... recibimos alabanzas de la comisión, dijeron que nuestra entrega había sido la más profesional, la más limpia, la mejor hecha... acto seguido, un golpe seco en la cara, porque no ganamos: nuestro proyecto era maravilloso, pero no podía hacerse en la vida real, era mucho soñar. No me sentí mal, al contrario; para mí, que me tilden de soñadora, de ilusa... ¡es el halago más grande del mundo!, sin sueños, no habría nada, los sueños no son imposibles, son posibilidades. ¿o es que a caso Da Vinci no soñaba con poder volar?¿a caso no diseñó un dispositivo paralograrlo? no era imposible, ahora lo sabemos de sobra. Decir imposible, es una limitante que resulta del miedo y las inseguridades humanas. Nada es imposible, y qué mejor ejemplo que yo enfrentándome a las inclemencias de la naturaleza, y así y todo pasándolo como chancho.